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La vida es sueño - © Michael Palma Mira

Cerrar la edición actual del Festival Iberoamericano del Siglo de Oro Clásicos en Alcalá con los versos de Pérez de Montalbán y de Calderón –Siglo de Oro- es un acierto, no sólo por la temática común que, como veremos, los aproxima. “La Monja Alférez” y “La vida es sueño” nos sitúan en el primer tercio del siglo XVII: en 1626 se redacta la primera y poco después, en 1634, la segunda. Ambas nos instalan, podríamos decir, en los extremos de las dramaturgias de aquella época, basadas tanto en hechos reales como en hechos imaginarios o de ficción.

Las dos representaciones, simultáneas en el último fin de semana del Festival, facilitan un recorrido teatral que nos sumerge tanto en el personaje real –Catalina de Erauso, la monja que fue alférez- como en el personaje de ficción –Segismundo o Basilio o Rosaura-, envueltos en el soporte común del verso áureo y su particular dinámica. Comparten época, formas dialogales, juego de armas y conflictos de identidad tanto en uno como en otro de los personajes –real o de ficción-, y ambas obras son manifestaciones y ejemplos crueles de la violencia institucional alentada o permitida desde el poder.

En las dos obras se nos muestran personajes que han sido sacados de su medio, alterados en su quehacer diario, desplazados de su centro o privados de su ser y empujados a un desequilibrio físico o emocional; tanto Segismundo como Alonso de Guzmán –Catalina de Erauso- reivindican su ser más profundo: aquél, encerrado en una prisión, éste, obligado por las circunstancias sociales de su tiempo a caracterizarse como hombre en el oficio de las amas, ocultando y rechazando su condición de mujer.

"La Monja Alférez" y "La vida es sueño" cierran el Festival Iberoamericano del Siglo de Oro Clásicos en Alcalá en ESCENA
La vida es sueño – © Paco Alberola

De la puesta en escena de “La vida es sueño” de Calderón destacamos el sugerente formato en que se presenta: el espacio de la representación es un lugar al que se accede guiado, es un lugar al que no es fácil llegar si no te orientan, es una puerta que se abre y un entrar en un ambiente cargado de una espesa niebla que impide reconocer a nadie de los presentes más allá de los dos metros de distancia: solo perfiles, o figuras que como uno mismo están sentados alrededor de una gran mesa o plataforma elevada. Las luces, ambiente de azul forzado, tiñen el espacio escénico de un atardecer entre peñas o cumbres elevadas y recrean un ambiente frío, árido. Por la puerta de acceso se deslizan siluetas con ropas ceñidas, oscuras, guantes negros, ocultos cabeza y rostro, perfilados en un negro absoluto. Los personajes se sitúan alrededor de la gran mesa, alguno se encarama sobre la plataforma, y desde arriba se dirige a sus compañeros y al público, comentando yo soy Clarín, dentro de nada estaré muerto, en esta guerra absurda generada entre padre e hijo. Porta una daga.

Surge Segismundo, surge Rosaura, surge Clotaldo…, comparten texto. Hay cambios de color en el ambiente, la niebla sigue espesa, los perfiles se recortan sobre un fondo de luz anaranjada, violácea, azulona, ocre… Hay algo sectario, algo oculto. La palabra -el verso de Calderón- es acompañada, asistida, por el sonido metálico de golpes sobre acero; el juego coral se enmaraña, la intensidad de las acciones segrega miradas de soslayo, complicidad, desconfianza… Inquietante y sugerente puesta en escena, en versión de la dramaturga y maestra Virtudes Serrano. Es una producción de Teatro Círculo (Nueva York) y está dirigida por Mariano de Paco Serrano, también director de Clásicos Alcalá.

"La Monja Alférez" y "La vida es sueño" cierran el Festival Iberoamericano del Siglo de Oro Clásicos en Alcalá en ESCENA
La Monja Alférez – © Paco Alberola

“La Monja Alférez” es una coproducción del festival con la Compañía Nacional de Teatro de México, y siendo dirigida por Zaide Silvia nos presentan el estreno nacional con un texto nada fácil, que establece puentes de encuentro históricos entre lo que fue el imperio español y sus conquistas al otro lado del océano Atlántico. La obra está basada en un personaje histórico real de finales del siglo XVI en España, Catalina de Erauso, mujer, nacida en San Sebastián.

La propuesta que nos traen es un ejercicio arriesgado. En general la puesta en escena es interesante, los interpretes defienden bien el hacer y decir –los personajes que aparecen en la obra representan a españoles que se emplearon en lo que conocemos como la conquista de América; escucharles con cierto acento mejicano no deja de ser chocante al oído, sobre todo al principio. Debemos destacar las escenas grupales compuestas, con cambios de ritmo muy sugerentes o la incorporación de acciones a cámara lenta en algunos momentos de especial tensión entre los personajes, o la superposición de diferentes planos de acción –mientras un personaje reflexiona, como en un aparte, los demás quedan en imagen congelada-; a veces hacen coincidir –y esto es un logro de la dirección escénica- en un solo tiempo escénico varias acciones localizadas en tiempos distintos -la escena en que doña Ana narra a Alonso Guzmán el engaño y violación que sufrió por don Diego, contada a la vez que interpretada-; la ambientación sonora acompaña y crea un ritmo particular de movimiento muy atractivo.

Los personajes -bien dibujados- se acercan hacia lo que son los prototipos de la comedia histórica, de costumbres o de capa y espada; son el galán, la dama, la criada, el amigo, el gobernador…; el personaje de Alonso Guzmán –monja Alférez- acompañado por Machín, su criado, forman una pareja sólida en la estructura dramatúrgica de la obra, apoyados evidentemente por la dama, doña Ana, y la acción del engaño amoroso –como segundo eje temático de la obra-. En la obra abundan los enfrentamientos de armas –espadas- y también el desplante corporal y la lucha escénica; las composiciones grupales o de parejas están bien diseñadas y disfrutamos de un versátil juego espacial y una escenografía con plataformas o pasillos que proporcionan altura y profundidad escenográfica.

Enhorabuena un año más en el cierre de la vigésimo primera edición del Festival Iberoamericano del Siglo de Oro Clásicos Alcalá y a todos los que lo han hecho posible: equipo gestor, institucional, técnico, artístico; enhorabuena para los creadores que dan contenido diverso –festival de carácter poliédrico– y para el público que asiste emocionado y anhelante, deseoso de escuchar-ver entusiastas historias. El prodigio del teatro, sea del Siglo de Oro, sea actual, nos envuelve con su magia, tan poderosa ahora como hace cuatrocientos años.

¡Salud y Teatro!

Paco Alberola

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