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Escena de ‘Tito Andrónico’ que se representará en el FITCA

Por Paco Alberola.-

Hace unas semanas tuvimos el placer de ver, en el Festival de Teatro de Olite, esta pieza icónica de Shakespeare, puesta en escena por Teatro del Noctámbulo de Badajoz, colectivo teatral con varias candidaturas a los Premios Max. A Tito Andrónico se le reconoce por pertenecer al subgénero llamado “tragedia de venganza” y, no siendo pieza fundamental de Shakespeare, sí suele ser obra que se pone en escena con cierta regularidad.

Trata la tragedia de venganza de conmover al espectador por medio del recurso de acciones sangrientas, crueles, ejecutadas en directo, o muy cerca del directo: amputación de miembros, violación, heridas, ajusticiamiento… con el fin de provocar el horror en el espectador (aunque en estos tiempos es más que difícil); la existencia de algún personaje especialmente maquiavélico –Aarón-, o la degeneración de personajes nobles hacia la degradación moral, parricidios, ejecuciones, mutilaciones, etcétera, las caracteriza. A veces también hay canibalismo, necrofilia, antropofagia…

Ya se figuran ustedes de qué pueden ir este tipo de obras, cuando se les nombra como “tragedia de venganza”. El término ni pone ni quita mérito, simplemente recoloca los trasuntos dramáticos y dramatúrgicos en un lugar.  Tienen su origen en las “revenge plays”, término con el que se les reconoce, mayormente a partir de la obra La tragedia española, de Thomas Kyd, a finales del siglo XVI en Inglaterra. Junto a él otros autores ingleses como John Wesbster, John Ford, Thomas Middleton o Christopher Marlowe tienen obra construida en esta línea. William Shakespeare no se quedó atrás y hoy podemos “recrearnos” –salvando las distancias, sin olvidar que es un género muy particular- con esta cruenta Tito Andrónico, obra que, según Harold Bloom es “una farsa sangrienta a la manera de El judio de Malta, de Marlowe”. 

Tito Andrónico en muchos aspectos se aparta del modo habitual de construcción shakespeariana; pero si la leemos con curiosidad veremos que hay en ella elementos que la identifican como suya. Uno de ellos es la propia venganza, presente en varias de sus obras, en distintos personajes y situaciones; recuérdese Rey Lear, Macbeth, Othello, Hamlet… En todas está presente un modo especial de violencia trágica, mas –y esta es la gran diferencia- en ninguna de ellas se le retrata con el énfasis y furor con que aparece en Tito Andrónico. Por eso se le nombra así; en ella la sangre, como elemento físico, está presente y muy presente.

Con certeza entendemos que la sangre expuesta a vista de público en la puesta en escena supone a todas luces un riesgo mayor, superlativo, podríamos decir. Es un dispositivo escénico que como espectadores contemporáneos inmersos en el feroz siglo XXI no necesitamos que nos sea mostrada una vez más; mas, como espectadores que asisten a un determinado espectáculo sí podemos integrar, o absorber –digerir-, siempre y cuando la propuesta no resulte baladí, que no lo es. Teatro del Noctámbulo se exige y se obliga a construir una tragedia difícil para nuestros días, y lo hace con recursos eficaces suficientes como para lidiar este subgénero, en ciertas escenas, complicado, o muy complicado. Por eso hay que aplaudirles también. 

Las traiciones, la venganza y la revancha de muchos de los personajes son la única salida al caos provocado por los intereses del poder.

La sangre, repetimos, está estrechamente presente en Tito Andrónico desde las primeras escenas de dos modos distintos, que se complementan e integran para dar sentido a la propuesta escénica de la compañía pacense; en primer lugar como sangre-sangre: líquido rojo que brota cuando se ejecuta una herida -degüello en la escena de la muerte de los hijos de Tamora o cuando sale a borbotones de la boca de Lavinia tras serle cortada la lengua-; en segundo lugar, en el modo en que vemos la sangre en escena: los personajes, según son ejecutados o asesinados -frente a público- colorean y enmascaran su rostro con el líquido rojizo -que extraen de algún lugar oculto-, creando con ello un efecto de distanciamiento en el que el personaje se considera a sí mismo como “eliminado”, haciendo mutis y dejando como vestigio de sí mismo –ya cadáver- una prenda de vestir en suelo. Es un recurso hábilmente creado, elemento dramatúrgico que junto a otros como la escenografía, la luz y la iluminación, las armas, el vestuario, los distintos niveles espaciales jugados, la dicción de un texto en el que las intenciones y dobles intenciones prevalecen, etcétera, acercan la propuesta escénica de esta tragedia espinosa de Shakespeare a nuestros días.

La crueldad visual de algunas escenas nace del mismo ensañamiento con que se mercadean privilegios, exenciones absoluciones o indultos. Las traiciones, la venganza y la revancha de muchos de los personajes son la única salida al caos provocado por los intereses del poder.           

Por último, decir que la primera vez que leí este texto no podía creer que fuera de Shakespeare. Me resultaba extraño que el bardo inglés incidiera con tanto ahínco en mostrar a sus personajes capacitados para estas acciones “terribles”, y que fueran ejecutadas y mostradas en pública representación. Me resultó dificultoso encajar esta pieza “gore” como parte de su teatro. Uno de los elementos que me ayudó a admitir a Shakespeare como autor de tan exclusiva obra fue la concreción de algunos personajes que me gustaría destacar; son los hijos de Tamora, Demetrio y Quirón, que llevados a un extremo forman una pareja excelente de bufones, o payasos –el listo, el tonto, ridículos o necios, personajes afínes o parejos a otros diseñados en otras obras, como en Rey Lear, los hijos de Glowcester, Edmond y Edgard; o la pareja –serán amantes- Benedicto y Beatrice de Mucho ruido y pocas nueces y hasta lo podrían llegar a ser los enterradores de Ofelia en Hamlet. Todos ellos cumplen una función payasil –¿se podría decir así? -, de distensión de momentos graves, aunque no a todas estas parejas les aguarde un final feliz: Demetrio y Quirón serán cocinados y servidos en banquete a su madre, y engullidos por los comensales (recurso escénico de horror máximo utilizado en alguna ocasión como en La Orestiada de Esquilo). Otro de los elementos que me aproximan a la construcción shakespeariana es el personaje de Aarón  -“venganza hay en mi corazón, muerte en mi mano, mi cerebro no resuelve sino proyectos de sangre y carnicería…”-, ser maquiavélico, sucio, obsceno, provocador, un diablo en escena, alguien que después podrá ser un Yago, un Faulcombridge, a medio camino entre Macbeth y el hijo bastardo de Glowcester, Edmond, con algo de Ricardo III -“yo sutil, falso, traidor”-; con algo del don Juan -“engañar al príncipe, vejar a Claudio, hundir a Hero, matar a Leonato”-, de Mucho ruido y pocas nueces, y algo de Ángelo -“cuando nos olvidamos una vez de nuestro honor, nada marcha ya derecho”-, de Medida por medida, o Tersites, siervo de Ayax, en Troilo y Crésida, que comenta “soy bastardo de nacimiento, por educación, por el alma, por el valor, ilegítimo en todo”. Etcétera.

En la forma y periferia de la propuesta escénica de Teatro del Noctámbulo prevalece la manifestación de la sangre y sus acciones; más en el fondo, lo que percibimos son los hilos que mueven los intereses particulares que zarandean a cada uno de los personajes, en una sociedad -¿aquella arcaica o esta contemporánea?- que se nutre de violencia en grado sumo.

Con Tito Andrónico, propuesta atrevida, se cierra la programación del FITCA de Alicante el domingo 19 de septiembre (a las 20 h. en Muelle 12). Les animo, caros espectadores, a que la vean.

¡Salud y Teatro!

Paco Alberola
Balsares, agosto de 2021

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