'El intruso'

Hace unos días se estrenó en el Teatro Principal de Alicante la comedia El intruso (producida por Col·lectiu Intermitent), de Antonio Cremades, ganadora de la VI Residencia José Estruch, dirigida por Juan Pastor e interpretada por María Pastor y Morgan Blasco.

En los días previos se publicó un pre artículo en el que comentaba que la acción ocurría en un único espacio, nombrando al intruso como personaje ausente a vista de público, y también como “el que injerta el conflicto en un ambiente que aparentemente estaba sano”. Se apuntaba, igualmente, que la obra es comedia urbana con un punto de comedia oscura, o que la escenografía era mínima.

El día de la representación, a telón abierto, antes del comienzo, tuve una muy grata sensación, como si ya la hubiera visto antes, debido, quizás, a la calidez ambiental que transmitía la imagen de la escenografía, minimalista (cercana, familiar), y a la armonía de los elementos que nos ofrecía. En el espacio –casi vacío- destaca la cama que, piramidal, ascendente, azulina, flanqueada por dos mesitas de noche y guarnecida por un asiento pie de cama, me parecía una imagen extremadamente ilustrativa -equilibrada, limpia, impoluta, casi como un decorado de caja de música-, un conjunto integral dispuesto en un espacio amable y cálido, espacio que pronto sería arena de gladiadores en el que, seguro, iban a ocurrir hechos peregrinos, sugerentes.

Tras unos segundos del oscuro se ilumina la escena: vemos a un joven en pijama, fumando, intranquilo, que observa y escucha con atención, que cree oír ruidos, que mira por la ventana y se asombra. Su compañera duerme en la cama y enseguida se despierta. Regañan, y la acción –in media res– se nos muestra entre el susurro, el reproche, el fastidio, la expectación…  Advertidos quedamos de que, a altas horas de la noche algo sucede inquietante, anómalo, para que ambos discutan sobre alguien que, supuestamente, desde la calle les está observando a través de la ventana abierta.

Cremades, desde una poética original, eficiente, expresiva, construye un texto –texto jaula- en el que a medida que va creciendo el conflicto aumenta el estado de alerta y de inquietud de los personajes, facilitando que en el ambiente de la habitación se aloje una sutil polaridad entre elementos contrarios, como son: la silenciosa quietud de la noche y el irritable estado en que se encuentra la pareja, la puerta cerrada y la ventana abierta, o la oscuridad nocturna frente a la luz que entra de las farolas. Estos ingredientes escénico-dramatúrgicos crean un paisaje de contrastes agridulce que colorean con un punto de inquietud y expectación la pieza teatral.

No hay giros radicales en la obra y la puesta en escena se mueve por un terreno en el que los protagonistas se deslizan hacia un precipicio –simbólico, figurado-, en el que cada vez están más pendientes –y dependientes- de la asombrosa ventana que les conecta con el exterior.

La crispación de los personajes aumenta a medida que aumenta la presión externa. Y lo que aparentemente era una habitación jaula, no es más que una balsa en un océano a merced del oleaje del intruso que, según ellos, les observa, impertérrito, desde la acera de enfrente, atormentándoles cada noche. La habitación se convierte, así, en un lugar inestable, altamente vulnerable, que impregna de un carácter hermético el lugar, convirtiéndolo en blanco muy fácil para el supuesto observador, cotidiano nocturno, posible ladrón, posible estafador…

La comedia en su puesta en escena tiene una clara unidad de estilo; es una muy buena construcción en la que todo está en una línea expresiva que favorece la totalidad del espectáculo: desde el texto original, interpretación, dirección, escenografía, vestuario o utilería.

Otros elementos, como la banda sonora (acústica, expansiva), junto a la proyección sobre el ciclorama de un mapa astronómico del universo, abren el espectáculo a espacios siderales que buscan, de nuevo, el contraste entre lo minúsculo de una habitación en un barrio de una ciudad cualquiera y la inmensidad del espacio infinito; mientras que la iluminación, condicionada por ser de noche y, sobre todo, por la presencia del supuesto intruso, será una iluminación menguada, procedente del exterior, a través de la ventana abierta. Todo ello rubrica, signa, para que sea comedia con una fuerte unidad de sentido, pues nada, nunca, está puesto al azar.

La interpretación de la pareja, bien o mal avenida según qué momento, es versátil en el gesto, no ostentoso, sí medido y condicionado por el hecho de que se les pueda ver u oír desde fuera, condicionante que agrega matices sutiles de guiño minúsculo, corto, altamente expresivo, rítmico, dinámico. La palabra emerge a veces en calma y otras es lanzada en tropel hacia el espectador; a veces en tirada larga, o fragmentada y rota, o en zig-zag, pigmentada con tonos tímbricos sugerentes, como el tenue tartamudeo que en ciertos momentos de tensión afecta al joven marido.

En El intruso el desenlace final es un final abierto en el que los personajes, encajonados en el dormitorio, bloquean y atrancan la puerta impidiendo la entrada o la salida. Solo la ventana queda abierta, única vía y posible solución a sus quiméricas, certeras o absurdas, acciones y pensamientos.

Pero eso, que lo desconocemos, sólo podemos imaginarlo.          Y, ¿no es eso parte importante de la esencia teatral?

¡Salud y Teatro!

Paco Alberola

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Actor, director de escena, docente y autor. Doctor por la Universidad de Murcia. Ex profesor de la Escuela Superior de Arte Dramático de Murcia. Ex director artístico del Festival Medieval de Teatro y Música Medieval de Elche.

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