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Blanca Portillo y Juan Mayorga - © Javier Mantrana

Juan Mayorga, autor de Silencio, fue elegido académico de la Real Academia de la Lengua en 2019. El protocolo de ingreso en la institución establece la elaboración de un ensayo sobre aspectos relacionados con la cultura literaria, ensayo que debe ser leído en el día de ingreso en la misma (al que sigue un discurso de bienvenida pronunciado por otro académico). En ese discurso de entrada el neófito agradece su elección y acogimiento y, con cortesía, glosa persona y obra del que fue su antecesor en la silla vacía que ahora él ocupará (asientos que se corresponden con las letras de nuestro alfabeto, minúsculas y mayúsculas, en un total de 44). Hará su lectura el nuevo académico en el salón de actos, flanqueado por la mesa presidencial, al fondo, a los lados los académicos, mientras que en sala quedarán público en general, amigos, etc.

El espectáculo Silencio, que vimos el viernes en el Teatro Principal, reproduce en modo teatral ese acto y discurso de entrada del supuesto nuevo académico. Pero decantándolo, evidentemente, hacia lo teatral. Pues, si el discurso, esencialmente se mantiene, corregido y adaptado dramatúrgicamente a la situación de escena que se quiere realizar, no ocurre así con el personaje que accede, que es, evidentemente, un personaje teatral creado por Blanca Portillo, parte importantísima de la ficción de la puesta en escena, montaje dirigido por Mayorga.

El trabajo escénico que el viernes realizó Blanca Portillo en el Teatro Principal será un referente histórico: se recordará por la sesión excelente de interpretación de la versátil actriz. Cierto es que el texto del dramaturgo y flamante académico le facilitó mucho la tarea, que, en conjunto fue un impecable saber hacer.

Lo de esa noche fue pura máscara teatral: desde el primer momento vimos a un personaje que, acercándose al escenario por el patio de butacas era todo él construcción y caracterización. Vale la pena recrear su aparición, pues es lo que se denomina en la jerga “mostrar al personaje”: alguien con chaqué, de cierta edad, con alguna tara física –pies zambos y manos forzadamente atrás, entrelazadas-, no anciano, pero sí maduro, camina casi deslizándose por la moqueta silente. Sube escalerilla. Mira. Observa. Saluda con reverencia, se desprende de la mascarilla, se ubica en el espacio, sorbe un poco de agua, con ruido, con el pañuelo se seca la frente fijando los folios del discurso con precisión, ordenando las partes; gesto rotundo de muñeca, con giros y contra giros, voz ligeramente rota, dicción marcadamente dibujada, estricta, con un ritmo de quiebros, de ángulos, de tonalidades y de contrarritmos en el decir; avanza sin tropiezos –le es familiar el lugar- reconociendo el espacio y las direcciones visuales a las que debe atender: en su frontal, el público, a su izquierda y derecha, los académicos, más a su izquierda la mesa de la dirección de la supuesta Real Academia de la Lengua.

Un atronador ‘Silencio' el de Blanca Portillo en ESCENA
Blanca Portillo en ‘Silencio’ – © Javier Mantrana

Con el dedo índice va trazando en el aire el discurso de entrada, locuaz, con suaves golpes de puño en mesa, poniendo voces a ciertas personas que en la calle o en el metro ha oído hablar o comentar alguna frase chocante, graciosa. El personaje sonríe para sí en lo que dice; se llama a sí mismo carterista y trapero de la palabra, no científico, y cita a maestros de lo teatral como Buero Vallejo o Francisco Nieva… y a su antecesor en la letra M, silla que ocupara Carlos Bousoño… “En el escenario cuando todo calla oímos el paso del tiempo…”, dice. Va desgranando su discurso de entrada en silencio, en el teatro, arte del conflicto, en el que se da el combate entre la voz y su ausencia… Pronto algo le hace mascullar… ¿Lapsus temporal? Desde su faz algo asoma que apunta hacia lo trágico. La sombra y ceniza de la palabra haciéndose presente… Etcétera. Estamos solamente a unos minutos de haber empezado el espectáculo. La intérprete ya se muestra así de grande. Contundente.

¿Que se podría decir que no se haya dicho? Impresionante los niveles interpretativos en que muestra su trabajo. Son varios: desde el personaje que ha llegado por el patio de butacas; desde el que se rebela arrojando al suelo el chaqué, acusando a alguien –un posible amigo- que le ha  forzado a leer un discurso que en parte le es ajeno; desde la reflexión de la actriz que, pliego en mano declara, farfullando, palabras de páginas que no entiende y es incapaz de transmitir; desde cada uno de los personajes con que nos regala: Creonte, Antígona, Hemón, Bernarda, Martirio, Adela, Woyzeck, Sancho, Rosaura, Segismundo; exprimiendo los recursos sonoros del espectáculo –un perro, un silbido, un ritmo creado con las manos sobre la mesa le bastan para crear el hecho teatral-; solicitando al técnico un ambiente de luces determinado,  arrastrando, volteando, elevando a categoría de trono majestuoso una simple silla, buscando la proyección de su figura en una pantalla lateral donde vemos por arte de magia al personaje en un particular teatro de sombras… y otros que perdidos en un bosque de patas, respaldos y asientos buscan respuestas a silencios agudos… Tras todos ellos se encuentra la intérprete, utilizando cada centímetro del espacio escénico para contarnos, atrapados en su verbo fácil, gracioso, un argumento muy teatral.

No deja la Portillo títere con cabeza –nunca mejor dicho- y yendo más allá, la escucharemos decir, personaje de sí misma “no sé qué hacer más, no se me ocurre nada”; o amontonar los papeles arrugados del suelo y crear una hermosa fogata –fuego sin fuego- a vista de público, para que un personaje de Chejov se caliente; o remarcar el sinsonido –el “sinsentido”- de las palabras de un Beckett mudo de espanto, o la verborrea embriagadora de Calderón en sus versos, no siempre fáciles, o Sófocles, Homero, Lorca…; o las pastillas, que estrujadas son imagen sonora precisa de lluvia o granizo sobre la helada estepa rusa…; desfile escénico en el que también Kafka, Dostoievski, Shakespeare pasan frente a nosotros, de su mano y por su cuerpo y ella, Blanca Portillo, se  presta, y su habilidad es incondicional para dar salida a sus sueños, que son los nuestros, despojándose de su vestuario estricto poco a poco, abandonando algo, el chaqué, el chaleco, cambiando la respiración, etc., para ganar algo a cambio… y regalarnos. Para ser otro u otros.

Su interpretación fue un festival de buen hacer, repito.

Para acabar, solo apuntar el temible -y aterrador- riesgo que corrió la intérprete cuando, “entrando al trapo” –que se dice- se señoreó por todo el teatro con los cuatro minutos y pico de reloj en silencio, con silencio absoluto, solo acompañado por sonrisas compinches de un público radiante.  Dominante en el tiempo hueco –paréntesis o aparte vacío de palabras- provocado, lleno de silencios plenos de gestos, de acciones mímicas, de miradas cómplices, tiempo huero colmado de un registro escénico inusual en la escena actual.

En el aplauso final, bastante más de ese tiempo fue el que le dedicó el agradecido público, todo, puesto en pie.

Es la magia del teatro que te devuelve acrecentada tu dedicación y compromiso. Como un regalo.

Es su hechizo.

¡Salud y Teatro!

Nota:

En los años cincuenta del pasado siglo Max Aub escribió algo parecido, en un registro totalmente distinto, un opúsculo titulado El Teatro Español sacado a luz de las tinieblas de nuestro tiempo, una ficción en la que España era republicana y en la que no llegó a suceder la guerra civil. Una distopía muy sugerente con retazos de realidad de una sociedad lúcida enmarcada en otra sombría. Hace unos años tuve el placer de poner en escena dicho ensayo. Algo similar a lo que ahora se ha hecho con Silencio.

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Titulado en Interpretación y Dirección por la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid. Doctor por la Universidad de Murcia. Actor, director de escena, docente, constructor de máscaras, maestro de esgrima escénica, especialista en Teatro del Siglo de Oro español. Es miembro de la A.D.E. (Asociación de Directores de Escena de España), AEMA (Asociación Española Maestros de Armas), A.I.T.E.N.S.O. (Asociación Internacional Teatro Español y Novohispano de los Siglos de Oro), SGAE (Sociedad General de Autores de España). Ha sido profesor de la Escuela Superior de Arte Dramático de Murcia y Director Artístico del Festival Medieval de Elche. Escribe artículos de crítica teatral sobre las artes escénicas en diversos diarios (Información, AlicanteMag, El Correo de Euclides, Revista ADE, Cuadernos de Encuentro ESAD). Ha interpretado y dirigido obras de autores: Lope de Vega, Lope de Rueda, Shakespeare, Cervantes, Brecht, Rojas Zorrilla, Calderón, Esquilo, Blanco-Amor, Chejov, Valle-Inclán, Tirso de Molina, Max Aub, Antonio Machado, León Felipe, Miguel Hernández. Ha sido director-gerente de diversas compañías profesionales de teatro. Ha sido moderador en Escuela del espectador: Espacio para la reflexión y el debate, y en el Ciclo de Actividades Escénicas Solos de Palabra. Realiza diversas actividades de divulgación del hecho teatral, impartiendo talleres, clases magistrales, conferencias, cursos de Expresión Corporal, Dirección de escena, máscaras, títeres, Interpretación o Esgrima Teatral para Festivales, Compañías profesionales de teatro, Escuelas de Teatro y Universidades. Ha publicado los libros: 'Esgrima Teatral: Lenguaje escénico de las armas’ (Murcia, ESAD, 1998), 'Enfrentamiento y lance de armas en el Teatro del Siglo de Oro’ (Madrid, 2014), 'Esgrimir con la palabra, dialogar con la espada' (Madrid, 2015); 'Los escritos de Pepe Estruch' -en impresión- (2022).

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