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La grandeza de Miguel Hernández sobresale en un emotivo recital en LETRAS n cuidado y trabajado guión extraído de la pluma de José Luis Ferris, director del IAC Juan Gil-Albert, fue el hilo conductor de un sentido homenaje al gran poeta oriolano Miguel Hernández Gilabert, que un nutrido y entregado público pudo disfrutar en la Casa Bardín en dos ocasiones, los pasados 15 y 22 de julio. El recital, materializado en las potentes y moduladas voces de Maite Puerto y José Luis Rico, fue conducido en la última velada por Joaquín Juan Panalva (en sustitución de Ferris, ausente a causa de un incidente personal), con un fondo de escogidas melodías musicales a cargo de Juan Merino.

A través del guión y los poemas recitados, los asistentes pudieron acercarse aún más a la figura del poeta pastor, cuya inteligencia y sensibilidad le hicieron destacar desde muy pequeño en el colegio Santo Domingo de su Orihuela natal y animarse a dar el salto de su tierra a Madrid, en un viaje que al principio no obtuvo el éxito deseado, pero que años después repetiría logrando al fin el alcance que sus versos merecían.

La grandeza de Miguel Hernández sobresale en un emotivo recital en LETRAS De la segunda etapa en Madrid, sobresale su relación con destacados nombres de la escena cultural de la época, como la artista Maruja Mayo, literatos como Neruda y Alberti…, así como su alejamiento de Josefina, su novia de Orihuela, a cuyos brazos finalmente volvió para casarse y tener descendencia y arroparse de los horrores y el desarraigo de la Guerra Civil española que le tocó vivir en el frente. Uno de los momentos más duros de su vida fue la muerte de su íntimo amigo Ramón Sijé, a quien dedicó una de las elegías más bellas de la historia de la literatura.

De sus vivencias en la contienda, salen poemas de tristeza, con versos como “es preciso matar para seguir viviendo”, cartas y más cartas a su mujer, la amargura de perder a su primer hijo y la alegría recuperada con el nacimiento del segundo (“otro niño vendrá a teñir de azul la madrugada”, señala el narrador).

Desde “la oquedad de la cárcel”, condenado a 30 años en Alicante, saldrán las ‘Nanas de la cebolla’ dedicadas a su hijo, su único consuelo en presidio, a quien dice “es tu risa la espada vencedora”. Los poetas, viento del pueblo, no pueden ser acallados -dice el narrador- aunque sus voces digan verdades que molestan. Miguel Hernández, enfermo de tuberculosis, muere el 28 de marzo de 1942. “Muere un poeta y la creación se siente herida y moribunda en las entrañas”.

Desde entonces, han transcurrido 72 años. El narrador pide un minuto de silencio y recuerda que “los poetas no callan, son libres” y “su voz inunda los balcones del silencio”. El acto concluye con versos sueltos intercalados por las voces de Puerto y Rico, en una espiral de emociones que despierta la aclamación de un público emocionado ante tanta belleza y verdad, de un ser excepcional al que le tocó vivir una guerra fratricida, que le arrebató la vida, aunque no la inmortalidad.

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