Compartir

Hoy les contaré una historia… que no sé si es cierta, pero que me gusta mucho.

El cuadro que preside este artículo se llama La cocina bien surtida. Está en el Rijksmuseum de Amsterdam. Es de Joachim Beuckelaer. Lo pintó en 1566. Este pintor flamenco era especialista en temas religiosos, escenas profanas y naturalezas muertas y en combinarlo todo con propósitos moralizantes.

El tema central de este cuadro, aunque pueda parecerlo a simple vista, no es la gran cantidad de verduras, frutas, carne, aves de corral, ollas y sartenes alrededor de las dos cocineras. En cambio, es la visita de Cristo a María y Marta (Lucas 10:38-42), que se representa discretamente en el fondo. Esta escena se ha representado muchas veces.

La lección moralizante del cuadro es que no debemos ceder a las tentaciones mundanas y centrarnos en lo que es importante.

Pero vamos con la historia…

Como era costumbre en la época, a Enrique de Borbón (heredero al trono de Navarra),   primero de la casa de Borbón en Francia, conocido como Enrique el Grande (Henri le Grand) o el Buen Rey (Le bon roi Henri) y copríncipe de Andorra (1572-1610), le concertaron un matrimonio de conveniencia con Margarita de Valois, hermana del rey Carlos IX de Francia.

Siempre vino… ¡¡hoy cerveza!!… ¿o era al revés? en GASTRONOMÍA

Este rey es considerado por los franceses como el mejor monarca que ha gobernado su país, siempre intentando mejorar las condiciones de vida de sus súbditos.

Es el referente de los monárquicos franceses, los cuales realizan todos los años un homenaje frente a su estatua del Pont Neuf (Puente Nuevo) de París el día de su entrada a la ciudad.

Se le atribuye la frase: Un pollo en las ollas de todos los campesinos, todos los domingos, que simplifica perfectamente su política de hacer feliz a su pueblo, no sólo con poder y conquistas, sino también con paz y prosperidad… aunque esto es otra historia…

También se le atribuye la frase París bien vale una misa . Parece ser que la pronunció cuando se le dijo que para ser rey de Francia debía abjurar de la religión protestante y convertirse al catolicismo.

Dio ese paso el 25 de julio de 1593 convirtiéndose al catolicismo, momento en que se le atribuye la célebre frase… no sabemos se queriendo decir con ello que en el fondo siguió siendo calvinista, disfrazado de católico sólo para llegar al poder o bien que daba igual la religión, mientras tuviera el poder.

Esta frase se utiliza para dejar patente la conveniencia de establecer prioridades dejando patente que a veces es útil renunciar a algo, aunque sea aparentemente muy valioso, para obtener lo que realmente se desea.  Se utiliza asimismo,  para mostrar la falta de convicciones o representando la tolerancia. Es, sin duda, la precuela de Éstos son mis principios, si no le gustan tengo otros y que se contrapone habitualmente a la actitud quijotesca que se presenta como característica de la contemporánea Monarquía Hispánica de Felipe II, a quien se atribuye la frase Prefiero perder mis Estados a gobernar sobre herejes… Pero sigamos…

Volviendo a la boda, el joven príncipe se casó en contra de su voluntad y no sentía ningún tipo de atracción por la que sería su esposa a partir del 18 de agosto de 1572, día en el que se celebró la solemne ceremonia en el atrio de la Catedral de Notre Dame de París.

Desde el primer momento el esposo, que fue coronado ese mismo año como Enrique III de Navarra, se sintió desdichado y decidió buscar consuelo en el lecho de otras mujeres.

Sabemos que era Enrique IV era un mujeriego nato, no había mujer que le dijera que no (a lo mejor porque era rey) y se le perdonaba hasta su “característico olor” … parece ser que no era muy amigo del agua y del baño. Se cuenta que su esposa estuvo a punto de desmayarse por el “aroma” en la noche de bodas.

El monarca fue infiel a su esposa con numerosas cortesanas y en 1589, poco antes de ser coronado rey de Francia como Enrique IV, Enrique de Borbón y Margarita de Valois se separaron tras 17 años de infeliz matrimonio.

En 1600, Enrique se casó en segundas nupcias con María de Médici con la que tampoco se sentía plenamente feliz y a la que también fue infiel en numerosísimas ocasiones, llegando la noticia hasta oídos del confesor real que decidió finalmente tomar cartas en el asunto y reprochar las aventuras extraconyugales al monarca.

Por mucho que intentó explicar al religioso su desdicha y motivo por el que cometía el adulterio, el confesor desaprobaba dicha conducta sermoneándolo continuamente, hasta que al rey se le ocurrió un plan perfecto para hacerle entender sus motivos: invitarlo a comer.

Se dispuso una gran mesa en la que se le sirvieron, uno detrás de otro, platos únicamente cocinados con perdiz. Pero llegó un momento en el que el religioso parecía estar cansado de comer todo el rato lo mismo, por lo que el monarca le preguntó si no era de su agrado la comida y el confesor contestó algo desesperado:

Majestad… siempre perdiz…

A lo que el rey replicó:

¡Siempre reina!

¡¡siempre cerveza!!… hoy vino… o al revés…

Pues eso… al revés que el cuadro que empezaba el artículo, yo les recomiendo que cedan a las tentaciones mundanas… sobre todo de la mesa… y cuanto más variado, ¡¡mejor!!

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here