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Ya comenté que me han encargado una charla sobre Chesterton y el vino. G. K. Chesterton es mucho más conocido, tal vez, por la serie de aventuras del Padre Brown, un sacerdote católico con pinta inocente pero con una perspectiva e inteligencia que lo convierte en un estupendo detective. A mí, este personaje siempre me ha recordado, salvando las distancias, al personaje del Teniente Colombo. Esta serie de aventuras supone unas cincuenta historias reunidas en cinco volúmenes, publicados entre 1911 y 1935.

A mí me han dicho que prepare una clase sobre este genial autor y el vino y para hacerlo, he recuperado tres de sus obras:  La Taberna Errante, un pequeño ensayo titulado El vino si es rojo y un poema llamado Agua y vino, la canción de Noé. Este último poema está en una obra titulada Wine, water and song que no ha sido traducida al castellano (que yo sepa) pero que incluye la mayor parte de las canciones de La Taberna Errante.

Tal vez sea bueno intentar sintetizar el pensamiento de este gran autor. El punto de partida de toda la obra de Chesterton es el asombro por la existencia, pues podríamos no existir, no ser. Muestra la evidencia de que hay un mundo real ahí fuera que, a pesar de sus contradicciones, es bueno y hermoso. Por lo tanto debemos estar alegres y agradecidos.

Ahora bien, ni el mundo, ni la existencia de cada persona o de la sociedad están resueltas, ni resultan sencillas de entender.  Son, en síntesis, un misterio.  Según el autor, la razón es un instrumento para conocer el mundo, pero sólo uno más.  Hay otras herramientas para entender este mundo: el arte, la imaginación, el misticismo o la experiencia de la vida son algunas de ellas. En ese sentido, siempre me ha atraído su idea de misticismo concreto de la gente corriente frente al materialismo abstracto o místico que diría él.

Esto lo explica muy bien Santiago Alba Rico en el prólogo de la edición de la Taberna Errante preparada por Acuarela Libros. Este prologo se titula Defensa del Sedentarismo Andante… su lectura, junto a la de la novela, es más que recomendable en estos tiempos. Si les apetece, pueden acceder a este maravilloso libro haciendo click aquí.

Según él, los predicadores de izquierdas disolvían todas sus diferencias en ese materialismo místico y eran incapaces de distinguir entre un cardo y una estrella o entre un clavo y una mano y al extremo de no reconocer que, por pocas que sean, las cosas buenas de este mundo son buenas.

Chesterton decía de los predicadores de derechas que eran presas de un aristocratismo nihilista, que sacrificaba el patriotismo al imperialismo y los vicios más decentes a las virtudes más criminales.

Asimismo, no soportaba a los escépticos que no creían ni en la tabla de multiplicar ni en los milagros, pero sí en los periódicos y las enciclopedias; ni a esos otros que, al mismo tiempo que sospechaban del arte, se vanagloriaban de sus propias obras.

Tampoco soportaba a los creyentes desmesurados incapaces de medir una castaña y, aún menos, una montaña, tan ocupados en dejarse devorar por Dios como para desdeñar comerse un pollo; ni a esos otros tan henchidos de fe que dudaban de sus propios razonamientos y temían sus pasatiempos.

Es decir, Chesterton reprochaba a todos la misma cosa… algo muy actual…que nunca estuviesen de humor para las pequeñas buenas cosas de la vida y que, a fuerza de no apoyar en nada su lógica o sus misterios, acabasen por predicar y promover la Nada contra los hombres.

Como resumen, Chesterton decía que los que abandonan la tradición de la verdad no escapan hacia algo llamado libertad, sólo escapan hacia algo que llamamos moda. También es cierto que añadía que la tradición es la transmisión del fuego, no la adoración de las cenizas... y terminaba diciendo que para entrar en la Iglesia hay que quitarse el sombrero, no la cabeza. 

Me gusta mucho que Chesterton ofrezca respuestas sensatas a palabras como las de Mary McLane…
¿Qué es el viento? Nada.
¿Qué es el cielo? Nada.
¿Qué sabemos? Nada.
¿Qué es la fama? Nada.
¿Qué es mi corazón? Nada.
¿Qué es mi alma? Nada.
¿Qué somos? No somos nada.

… sin caer en historias de trascendencias ni de grandes entregas, simplemente disfrutando de todas las pequeñas y buenas cosas de la vida.

Chesterton insiste en que cada persona debe resolver su misterio y afirma que los seres humanos somos libres.  Dice que  Dios no nos ha dado los colores en el lienzo, sino en la paleta (Los países de colores, Capítulo 7) para escoger lo que pensamos y dar forma a nuestra existencia. Afirma que el hecho de ponernos límites, de auotocontrolarnos, es el mayor ejercicio de esa libertad.

De hecho, Chesterton valora la religión en la medida en que contribuye al trazado de límites morales, no políticos ni legales. Los límites morales, según él, son restricciones compatibles con la libertad. Según él, la arbitrariedad de los límites garantiza la libertad de los recintos. Decía que el límite era la condición para la libertad en el mundo.

Esta faceta moralista de Chesterton es una más de sus contradicciones.  En cualquier caso, si Chesterton fue un moralista lo fue de un modo bastante extraño.

Dice Santiago Alba Rico en el prólogo de La Taberna Errante que el moralismo de Chesterton podría describirse como una batalla para conquistar flores y bares, para hacer realidad las piedras, las parras y los niños, para convertir el vino en vino y en pan los panes, para materializar, en definitiva, la existencia de las cosas en un mundo dominado por «dos sexos y un sol», despojos en la playa que era urgente no perder, pero a los que quizás no hacía falta agregar ya nada más.

Chesterton hablaba del placer de los límites como uno, tal vez uno de los importantes, placeres de los que puede disfrutar el ser humano. Así, nuestro universo, el que cada uno concibe, sólo sería infinito si tiene barreras. El hombre sólo sería libre si puede abrir muchas puertas, armarios y cajones. Sólo somos libres si podemos descubrir esa puerta baja escondida en el muro que otros han encontrado antes que nosotros y que lleva a un jardín secreto y encantado, en alguna parte oculto sin que ninguna ventana de esta ciudad gris se asome a él que diría  Evelyn Waugh en su genial Retorno a Brideshead, otro gran crítico de la modernidad y que , como nadie, atacaba la ausencia de valores de la vida moderna ¡¡ya a principios del siglo XX!!

Chesterton... unos preliminares... en GASTRONOMÍA

Estoy de acuerdo con Chesterton en que hemos cometido el error de pensar que el hombre es un ser racional por encima de todo y por eso, no encontramos respuesta ”lógica” a esa parte irracional, esa parte de sensaciones y percepciones,  que todos tenemos, . Como bien señala en su obra Ortodoxia , Loco es aquél que lo ha perdido todo menos la razón. De ahí es sencillo llegar a la conclusión de que el sentimentalismo es lo opuesto al racionalismo. El sentimentalismo también tiende a negar una mitad del ser humano, en este caso la parte racional.

El ser humano necesita, y por lo tanto,  busca una visión completa de la vida.  Me gusta mucho el concepto que acuñó, el de hombre corriente. Dice Chesterton que no es el concepto que proponen los ricos, los intelectuales o los medios.  Para mí es muy interesante que este autor plantee que el mundo moderno, gobernado de forma eminentemente  racional (esto es, sin tener en cuenta nuestra parte sensorial y emocional)  es un invento poblado por las viejas virtudes cristianas que se han vuelto locas. Y se han vuelto locas, de sentirse aisladas y de verse vagando a solas (Ortodoxia, Cap.3).  Me atrevo yo a añadir que podemos ver un ejemplo de este hecho al comprobar de qué forma hemos perdido el contacto con el medio en el que nos asentamos, olvidando las estaciones, los ciclos de la vida… las tareas y tradiciones agrarias que el ser humano elevó a divinidades en el medio rural y que, al pasar a un medio urbano, han perdido su sentido. De esto he hablado muchas veces.

Como dice … Así como a todos nos gustan las historias de amor en virtud de nuestro instinto sexual, así nos gustan las historias maravillosas por excitar la fibra de un antiguo instinto de asombro. (…) [Los cuentos de hadas] dicen que corrían por el prado arroyos de vino sólo para hacernos recordar, en momentáneo rapto, que los arroyos son de agua.

Chesterton... unos preliminares... en GASTRONOMÍA

Una de las consecuencias de la negación de nuestra parte irracional es, sin duda, la aparición incesante y recurrente de falacias naturalistas y pseudociencias que, en el fondo, sólo buscan sacar partido de la negación que hace nuestra sociedad “racional” de nuestra mitad sensorial. Al contemplar esta recurrente vuelta a la inconsciencia no puedo evitar recordar lo que pensaba Chesterton sobre la tradición y la modernidad.

También estoy de acuerdo con él en que al reducir al ser humano a mera racionalidad, dejamos de lado la forma en la que descubrimos el mundo que nos rodea.  Lo hacemos a través de los sentidos.  Vuelvo a estar de acuerdo con él en que ese modo de descubrir, de conocer… de aprehender la realidad … sufre el desprecio que experimenta todo aquello que  es dado por supuesto.  Chesterton tiene razón, en lugar de disfrutar las pequeñas maravillas cotidianas, tendemos a valorar más determinadas situaciones extraordinarias. .. o tal vez se da les da más pábulo.

Me atrae el alegre vitalismo de la vida corriente del amigo Chesterton. Me atrae mucho más que todas esas tonterías del ideal de belleza o el sacrificio en aras de nobles causas. Me parece, además,  que supera el concepto simplista de carpe diem. Frente al concepto de aprovechar cada momento, prefiero celebrar cada momento teniendo presente que siempre hay razón para celebrar, sobre todo las pequeñas cosas.

Tiene razón Chesterton, la virtud humana por excelencia es la sensatez, que nos hace saber estar ante la vida y el mundo, encajar los golpes, seguir adelante, disfrutar de un buen vino, de un amanecer  o de la visión de un hijo jugando y riendo.

Chesterton se burló repetidas veces de los, vamos a llamar, “anarquistas de sofá” empeñados conferencia tras conferencia… discurso tras discurso… en abrir las mentes y salvar vidas y almas de los hombres.  Chesterton les decía pensaban que el objetivo de abrir las mentes es simplemente abrirlas, mientras que yo estoy absolutamente convencido de que el objetivo de abrir la mente, como el de abrir la boca, es cerrarla de nuevo sobre algo sólido.

También me gusta que la primera vida de santos que escribió Chesterton fuese la de San Francisco de Asís.  Decía San Francisco de Asís en su “Cántico de las criaturas” que el Universo se dirige hacia el ser humano, lo mismo que el ser humano se vuelve hacia el Universo de donde procede. No está mal para un texto escrito entre 1224 y 1225.
En ese sentido y contrariamente a otros cánticos religiosos de esa época, el Cántico de las Criaturas no se enfoca únicamente a Dios, a la Virgen o a otros santos, sino que le agradece al Creador por otras criaturas como el “Hermano Fuego”, la “Hermana Agua”, la “Hermana Tierra” y todas las criaturas del mundo.

Obviamente, mostraba así su creencia que todo lo creado era obra divina y que todos los seres debían tratarse como “hermanos” y “hermanas”… y eso sí que sigue siendo una bomba.

En cualquier caso, yo me quedo con la imagen de Chesterton cruzando la calle para entrar en un pub huyendo del sacerdote que le ofrecía una taza de té tras haber dado una charla en la parroquia.

También me quedo con otra de las grandes lecciones de Chesterton, nunca se hace el ridículo cuando uno se ríe de sí mismo y lo demostró al disfrazarse de pistolero en una película del Salvaje Oeste.

En el próximo, Chesterton y el vino…

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