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A

lgo parecido a lo que ocurre con las iglesias de los pueblos de la zona de las Cotswolds en Inglaterra ocurre con nuestra citricultura. Esas iglesias fueron construidas con parte del dinero que ganaron los ganaderos con la venta de la lana de sus ovejas. El sector de la lana de los Cotswolds ya forma parte de los libros de Historia. Nuestra citricultura también. Las dos zonas tienen algo en común: ninguna desarrolló industria para generar valor añadido de su materia prima. 

Es tiempo de cítricos en el sureste español en AIRE LIBRE

El sector que sí está solamente en los libros de historia es el de la seda valenciana. El territorio estaba colmado de moreras para dar de comer a los gusanos. El testimonio de aquello lo dan las chumberas. Las chumberas no son originarias de la zona sino que se trajeron para alimentar a cochinillas. Las cochinillas se utilizaban para tintar la seda. De todo aquello sólo quedan algunas moreras, ya ni siquiera quedan las chumberas (con los higos chumbos) están siendo asoladas por una plaga de cochinillas. La gente no sabe que estaban para eso, pero ya nadie recolecta la cochinilla que campa a sus anchas.

Si hay algo que me llama la atención cuando paso por zonas en las que los cítricos destacaron y fueron muy rentables, son los cementerios por los panteones que se adivinan detrás de los muros de esos camposantos. Sin duda, esa opulencia tendrá algo que ver con los buenos años de la citricultura en la comarca.

Lo único que siempre permanece es el cambio y malas son las sociedades que no se evolucionan y se adaptan a ese cambio. Es bueno recordar las palabras de Maquiavelo: Nada hay más difícil de emprender ni más peligroso de conducir que tomar la iniciativa en la introducción de un nuevo orden de cosas; porque la innovación tropieza con la hostilidad de todos aquellos a quienes les sonrió la situación anterior, y sólo encuentra tibios defensores en quienes esperan beneficios de la nueva.

Tal vez sea necesario reinventar el paradigma… dejar de hacer lo que se está haciendo… ¡¡quizá mirar hacia dentro!!… Lo digo porque a veces parece que los naranjos siempre han estado ahí y que deban seguir estando allí….

Si no les gusta esta idea, piensen en reconvertir un mar de minifundios con un monocultivo en otro sistema de producción más acorde con la estructura del mercado y del consumo… y no basado en las mismas premisas que el latifundio. Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (RAE)… minifundio significa (en la primera acepción) finca rústica que, por su reducida extensión, no puede ser objeto por sí misma de cultivo en condiciones remuneradoras.

Es tiempo de cítricos en el sureste español en AIRE LIBRE ¿El minifundio realmente no puede ser objeto por sí mismo de cultivo en condiciones remuneradoras por su reducido tamaño?… ¿o es esa falta de remuneración consecuencia del paradigma productivo imperante y necesario que busca y debe garantizar alimentos a un precio bajo a la población… y esas condiciones remuneradoras deben entenderse dentro de ese paradigma productivo? Y como consecuencia de este paradigma, las condiciones remuneradoras son simplemente financieras… en lugar de económicas.

Tenemos que, sin duda, un minifundio es una parcela de terreno pequeña, pero esta parcela será rentable en función de dos factores (principalmente):

1º Qué hagamos con ella

2º Cómo evaluemos esa rentabilidad.

Es en este contexto donde debemos enmarcar la definición de un modelo de agricultura económicamente sostenible que respete el medio y las prácticas culturales heredadas. Debemos considerar que es posible concebir una explotación que cultive sus tierras con una dimensión suficiente para

–         asegurar la viabilidad económica,

–         la calidad de vida,

–         la práctica cultural heredada y

–         el respeto por el medio geográfico natural al que pertenece.

Cada año, oímos (y no escuchamos) las mismas noticias: la campaña citrícola ha sido un desastre y los precios pagados a los agricultores han sido bajísimos. De hecho, ya ha salido la primera noticia de que una gran superficie vende cítricos a pérdidas. Digo oímos y no escuchamos porque a la mayoría nos preocupa poco que el agricultor reciba un precio justo por sus productos si a nosotros la cesta de la compra nos sale más barata. ¿seguiremos comprando cítricos en esa gran superficie sabiendo que lo hace a pérdidas?

En cualquier caso, se ha dicho que la raíz del problema es un desajuste tanto cualitativo como cuantitativo entre la oferta y la demanda. Tampoco me sirve eso de que tenemos el mejor el producto y nos falta encontrar el mercado. Opino que es un poco más complejo.

Desde el punto de vista productivo, las parcelas de cítricos son, en general, inviables financieramente tal y como están concebidas y gestionadas.  Existen empresas con grandes fincas y con un alto grado de mecanización pero la norma es el minifundio. Este minifundio está unido a un monocultivo atroz. Minifundio y monocultivo casi implican, dentro de este paradigma,  que la única posibilidad de competir sea reduciendo costes para poder ofrecer el producto al menor precio posible como consecuencia del gran número de productores y los pocos distribuidores que serán los que decidan el precio que pagan (en el supuesto de que paguen).  Al final, la única posibilidad de colocar un producto no diferenciado es siendo el más barato… y eso no vale… no funciona ya que siempre hay alguien que lo hace más barato que tú.

La cosa se pone más difícil todavía si analizamos la estructura de costes de esas explotaciones. Hace años, el coste de la mano de obra era tan bajo que la actividad era rentable. El período dorado de la citricultura coincide con el de la emigración a las ciudades y al extranjero. Mi padre cuenta como el dueño de la finca donde iba a recolectar antes de emigrar a Francia se encendía los puros con billetes delante de ellos. ¿Cuántos pisos se compraron y cuántas carreras se pagaron a los hijos vendiendo una hanegada de cítricos? Después, al subir el precio de los jornales, lo que se obviaba era el beneficio empresarial. Hoy, ni eso. Además, es obligado tener en cuenta el coste de los otros factores productivos que también han subido.

En los lugares en los que el coste de la tierra es muy alto, el precio de la fruta debe ser lo suficientemente alto para justificar la inversión en esa tierra. A la inversa, si se pueden exigir precios altos por los productos, existirá una presión para que el precio de la fruta y, por lo tanto, el precio de la tierra aumenten. A veces, algunas regiones en las que la tierra puede dedicarse a otros usos, los precios de la tierra aumentan y la producción de fruta y verduras o de cualquier producto agroalimentario sólo es viable si se pueden cobrar altos precios por estos productos.

Por otro lado, y para complicarlo más tenemos exceso de oferta. Producimos más de lo que podemos vender. Este hecho no es nuevo. Ya se sabía que iba a pasar. Teníamos los datos de venta de plantones y no hicimos nada. En este sentido, siempre me ha hecho pensar el que los citricultores sólo aprovechan el fruto y no, además, otras partes del árbol como puede ser flores, la piel de los frutos (que no cumplan con unos requisitos de calidad para fresco) u hojas para la obtención de esencias (los cítricos pertenecen a la familia botánica de las Rutáceas que son muy importantes para el sector de la perfumería y cosmética). También es curioso como la inmensa mayoría de la producción va a venta en fresco y, en cambio,  la producción de derivados (zumos, conservas, licores, etc.) es relativamente poco importante.  En algunos sitios, ya hay un cultivo que está sustituyendo al cítrico… el caki… y ya está incubando el mismo virus: el exceso de producción.

El segundo de los puntos de vista a considerar es el del valor. Es un error confundir valor, precio y coste. Machado ya nos advertía sobre esto. Los productos no valen lo que cuestan sino lo que las personas estamos dispuestos a pagar por ellos. Así, si lo que los consumidores o clientes estamos dispuestos a pagar por un producto supera su coste diremos que el producto está generando valor. ¿Pagarían ustedes un euro por un kilo de naranjas si en lugar de ir al supermercado tuviesen que ir al bancal a conseguirlo y para conseguir sólo ese producto? Una gran parte de la generación de valor de estos productos está en la distribución de los mismos y en la puesta a disposición de los consumidores junto al resto de los artículos que componen la cesta de la compra en un mismo lugar. Por eso no entiendo que los productores no adopten de forma decidida acciones para acercarse al consumidor final. Me refiero a un acercamiento tanto en el sentido de aproximar el producto al consumidor físicamente por parte del productor como a la adecuación del producto a los requerimientos de ese consumidor.

El siguiente lado del prisma que debemos mirar es el de la demanda del producto. Siempre digo que las personas hacemos lo que creemos que nos conviene y que compramos aquello que satisface nuestras necesidades. ¿Se han parado a mirar cuántas frutas distintas podemos encontrar en la sección de frutas y verduras junto a las naranjas y a las mandarinas? ¿Cuántas veces compraron naranjas o mandarinas el año pasado en la tienda o el supermercado? ¿cuántas van a comprar este año? He dicho comprado, no comido. Si se las regalan no vale. El valor del producto para ustedes en ese caso es cero. ¿Recuerdan el párrafo anterior?

Les propongo un test:

Si salen ustedes a cenar, ¿de postre piden naranjas preparadas?

¿Por qué los regímenes insisten en que se coma piña o cualquier otra fruta en lugar de poner naranjas y cualquier otra fruta?

¿Por qué los expertos que trabajan en el territorio insisten en que el kiwi es buenísimo como aporte de vitamina C y para mejorar el tránsito intestinal?

¿Por qué nadie dice nada cuando se anuncian pastillas con sabor a naranja como complemento vitamínico?

¿Por qué compramos esas pastillas aquí, las consumimos y lo que es peor, se las damos a nuestros hijos?

¿Cuántos zumos de naranja recién exprimida (hecha por ustedes) se tomaron el año pasado?

¿Cuántos zumos de naranja recién exprimida (hecha por ustedes) les dieron a sus hijos el año pasado?

¿Qué significa eso de que hay que comer cinco piezas de fruta a la semana? Hay que comer naranjas valencianas, plátanos de Canarias, melocotones de Calanda, cerezas del Jerte o de Alicante, uvas del Vinalopó, etc., pero ¡¡dígase así!! No es lo mismo que comer kiwis de Nueva Zelanda o piñas tropicales o papayas o mangos .

Cuántos paquetes de zumo de naranja procedente de zumo concentrado congelado de Brasil (sean de la empresa que sean) han comprado este año?

¿Cuántas veces les han puesto a sus hijos una mandarina en la merienda o en el almuerzo?

Contesten a estas preguntas para sí mismos que tienen las naranjas y las mandarinas al abasto. Luego piensen en un consumidor europeo que las compra por unidades y tiene mucha más oferta de fruta y verdura de todo el mundo que nosotros en el supermercado.

El olor a azahar en las noches de verano, una naranja en su punto justo de equilibrio ácido / azúcar, el hecho de pelarla y oler sus aceites esenciales o el zumo de naranja natural recién exprimido son comparables a cualquier placer gastronómico que imaginemos: los buenos vinos del territorio, la inmensa variedad de quesos que nos ofrece este territorio o los panes tradicionales recién hechos que podemos encontrar en el horno de la plaza o del barrio.

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